← Blog27 de julio de 2026 · 8 min

Maxxing: cuando mejorar se convierte en huir de ti

En el pueblo donde crecí había un hombre al que llamaban el Medidor, porque llevaba en el bolsillo de la guayabera una libreta forrada en hule donde anotaba cuántos pasos daba hasta la plaza, cuántas cucharadas de azúcar le ponía al café, cuántas páginas leía antes de que la luz del patio se volviera violeta. Decía que se estaba perfeccionando. Decía que un día, cuando terminara de corregirse, iba a empezar a vivir. Murió un martes de lluvia con la libreta llena y la vida en blanco, y su viuda contaba después, mientras colaba café para las visitas, que en cuarenta años de matrimonio nunca lo vio sentarse en el balcón sin propósito, nada más a mirar caer el agua.

Tú conoces a ese hombre. Quizás lo llevas dentro. Hoy no usa libreta de hule: usa aplicaciones que miden su sueño, anillos que califican su descanso, rutinas de lectura acelerada, dietas con nombre de laboratorio y espejos que ya no reflejan un rostro sino una lista de mejoras pendientes. Le han puesto un nombre nuevo a esa fiebre antigua: maxxing. Optimizarlo todo. Maximizar la mandíbula, la productividad, la piel, la atención, el descanso, el alma si se deja. Y como toda fiebre, sube por las noches, cuando abres el teléfono y ves a alguien que aparentemente ya terminó de corregirse.

El maxxing: la promesa de la mejor versión de ti

La cultura del maxxing tiene la lógica seductora de los vendedores ambulantes que pasaban por mi calle anunciando ungüentos que curaban el amor y el reumatismo a la vez: te promete que hay una versión final de ti, pulida y brillante, esperándote al otro lado del esfuerzo. Que si optimizas tu lectura leerás cien libros al año, que si optimizas tu dieta tu cuerpo será una máquina agradecida, que si optimizas tu rostro, tu voz, tu agenda y hasta tu manera de respirar, por fin serás suficiente.

Y aquí quiero ser directo contigo, porque para eso estamos: mejorar no es el problema. Yo trabajo con personas que crecen todos los días y es lo más hermoso que hay. El problema es la premisa escondida debajo del maxxing: la idea de que tú, tal como estás ahora, eres un borrador defectuoso. Un producto en beta. Alguien que no merece descansar en el balcón mientras llueve porque todavía no ha terminado de corregirse.

Cuando el crecimiento nace de esa premisa, no importa cuánto avances: la meta se muda de casa cada vez que llegas. Bajaste de peso, pero ahora falta el porcentaje de grasa. Lees más rápido, pero otros leen el doble. Duermes tus ocho horas, pero tu puntaje de sueño dice 82 y el de aquel muchacho de internet dice 96. Eso no es superación. Eso es una deuda que se renueva sola.

Una figura corriendo en una cinta frente a un espejo enorme en una habitación vacía al amanecer

Autoexigencia disfrazada de superación: cómo reconocerla

Mi abuela distinguía el plátano maduro del plátano golpeado con solo apretarlo con el pulgar, porque por fuera se ven casi iguales. Con el crecimiento pasa lo mismo: la superación genuina y la autoexigencia ansiosa se visten con la misma ropa —disciplina, metas, rutinas— y hay que apretar un poco para saber cuál tienes entre las manos.

Aprieta aquí. Estas son las señales de que tu "mejora" es en realidad ansiedad con uniforme de gala:

El progreso no te da paz, te da tregua

Cuando logras algo, no sientes alegría: sientes alivio. Un alivio corto, como el que sentía el Medidor al cerrar su libreta cada noche, sabiendo que al amanecer la deuda volvía a abrirse. Si tus logros solo te compran unas horas de permiso para existir, no estás creciendo: estás pagando rescate.

Necesitas testigos

Notas que la rutina pierde sentido si no puede contarse, publicarse, medirse contra alguien. El día que entrenas y no lo registras te parece un día perdido, como si el sudor sin auditoría no contara. Cuidado: ahí el que está creciendo no eres tú, es tu audiencia imaginaria.

Tu descanso también tiene indicadores de rendimiento

Cuando hasta dormir se convierte en una competencia —cuando te despiertas y lo primero que haces es preguntarle a una aplicación si descansaste bien, en lugar de preguntárselo a tu cuerpo—, la optimización ya cruzó la frontera. Has convertido el único territorio libre que te quedaba en otra sucursal de la fábrica.

Te comparas hacia arriba y solo hacia arriba

El maxxing vive de un espejismo estadístico: te compara siempre con el uno por ciento visible de cada disciplina, nunca contigo mismo hace un año. Es como si mi pueblo entero se hubiera deprimido porque nadie bateaba como los peloteros de la radio.

Si apretaste y encontraste tres de estas magulladuras, no te asustes. No significa que debas abandonar tus hábitos. Significa que hay que cambiarles el dueño: que trabajen para ti, no tú para ellos.

Manos de una persona mayor sembrando una pequeña planta en un patio tropical, sin nadie mirando

La pregunta del espejo: ¿mejoraría esto aunque nadie lo viera?

Aquí está la herramienta que quiero regalarte, y es tan simple que parece de abuela, porque las mejores herramientas siempre lo parecen. Antes de sumar un nuevo hábito, una nueva rutina, una nueva optimización, hazte esta pregunta con toda la honestidad de que seas capaz:

"¿Haría esto —y lo sostendría— aunque nadie lo viera jamás?"

Aunque no hubiera foto del antes y el después. Aunque no existiera la aplicación que lo registra. Aunque nadie en tu familia, tu trabajo o tus redes se enterara nunca de que lees, entrenas, meditas, ahorras o madrugas.

La pregunta funciona como esos ríos de mi infancia que, después de la crecida, dejaban en la orilla lo que era del río y se llevaban lo que era prestado. Lo que sobrevive a la pregunta es tuyo: crece de una necesidad real, de un amor real por tu vida. Lo que la pregunta arrastra era escenografía: estaba ahí para ser visto, para calmar la comparación, para negociar tu valor ante un tribunal que nunca dicta sentencia definitiva.

Hazla en concreto, ahora mismo, con tus tres hábitos de "mejora" más recientes. Escribe las respuestas. Te vas a sorprender de cuántas cosas haces para un público que ni siquiera está mirando, y de cuán pocas haces para el único testigo que estará contigo hasta el final: tú.

Y hay una segunda pregunta, hermana de la primera, que uso mucho en sesiones de coaching: "Si mañana lograra esta meta, ¿qué me permitiría por fin sentir o hacer... y por qué no puedo sentirlo o hacerlo hoy?" Casi siempre la respuesta revela que la meta era un peaje inventado. Que el descanso, la ternura contigo mismo, el permiso de disfrutar, no cuestan lo que crees que cuestan. Los pusiste detrás de la meta tú mismo, y tú mismo puedes moverlos.

Un balcón caribeño con dos mecedoras vacías frente a la lluvia del atardecer

Crecer como crecen los árboles del patio

El framboyán del patio de mi abuela nunca supo que era el más hermoso del barrio. No se comparaba con el del alcalde ni medía sus flores contra las del parque. Crecía porque crecer era su naturaleza, hacia la luz que tenía, con el agua que le llegaba, y algunos años florecía tarde y nadie lo regañó por eso.

El crecimiento genuino se parece a ese árbol, y desde el coaching puedo decirte cómo se ve en la práctica:

  • Tiene raíz antes que rama. Empieza preguntando para qué quieres mejorar, no qué está de moda mejorar. Un "para qué" propio sostiene un hábito durante años; un "porque todos lo hacen" apenas sobrevive al entusiasmo del primer mes.
  • Compara hacia adentro. Tu única línea base legítima eres tú hace seis meses, hace un año. Todo lo demás es ruido de radio ajena.
  • Deja barbecho. La tierra que produce sin descanso se vuelve polvo. Un plan de crecimiento que no incluye temporadas de no hacer nada —de balcón, de lluvia, de conversación sin propósito— no es un plan de crecimiento: es un plan de cosecha forzada.
  • Tolera la flor tardía. Avanzas a tu ritmo biológico, emocional, familiar. La vida no está cronometrada aunque el teléfono insista en lo contrario.

Elige una sola área de mejora por temporada. Una. Y suéltale la audiencia: hazla en secreto durante treinta días, sin publicar, sin medir contra nadie. Si al final del mes sigue teniendo sentido, era tuya. Si se desinfla sin espectadores, ya sabes de quién era.

Volver al balcón

A veces pienso en el Medidor y en su libreta llena de números, y me pregunto qué habría anotado si alguien le hubiera enseñado a preguntarse para quién se estaba corrigiendo. Quizás habría descubierto, como descubren tantas personas con las que trabajo, que debajo de toda esa optimización había un niño esperando que alguien le dijera que ya era suficiente para ser querido.

Tú no necesitas terminar de corregirte para empezar a vivir. Puedes crecer —debes crecer, es tu naturaleza de árbol— pero desde la abundancia de quien ya vale, no desde la deuda de quien todavía no alcanza. Esta semana, siéntate un rato en tu propio balcón, aunque tu balcón sea una silla en la cocina, y mira caer la lluvia o el atardecer o simplemente el tiempo, sin medirlo, sin optimizarlo, sin contárselo a nadie.

Y si en ese silencio descubres que hay preguntas que quieres seguir haciéndote, aquí estaré, del otro lado de la página, para caminarlas contigo. Crecer acompañado también es una forma de crecer. Quizás la más antigua de todas.